Mapa Mental | septiembre, 2026.


Ya no hay otro…

Hace calor dentro del camión.

Tomé la cortina gris y la deslicé a la izquierda. La luz se seguía colando entre mis párpados, pero al mover el aire acondicionado hacia mi pecho, por fin encontré comodidad en ese asiento rígido.

Los ojos ya los tengo cansados. Interminables páginas juzgonas me dejaron en este estado. Llevo leyendo horas; no hay mucho más que hacer en estas cuatro paredes rodantes.

A mi lado está Braulio, inmutado; ni el sol ni el asiento logran despertarlo.

Abrí la computadora para escribir un rato. Cuando las primeras palabras empezaban a aparecer y las musas parecían susurrarme, tuve miedo. No sé si algún día podré escribir tan bien como los autores que me acompañaron a mi último viaje como atleta. No parezco tener el don para contar banalidades.

Durante horas intenté capturar lo que sentía al escuchar las risas al fondo, pero las envolturas en el suelo me sacaron del zen. La bulla al fondo del camión me urgía a descifrar qué ameritaba tanta risa y mi curiosidad —o mi afán por vivirlo todo— me hizo despertar a mi amigo y salir a platicar un rato.

Quizás valía la pena vivir este último viaje en camión y no escribirlo.

Después de agotar todos los posibles temas de conversación, regresé a mi lugar. Las musas ya estaban enojadas conmigo. Las palabras no salieron.

Me decidí por terminar mi libro.

—No es tan fácil capturar estas banalidades —me dije.

—No logro ponerme solemne, y menos si el equipo se niega a comportarse con la gravedad que siento en el pecho.

La página en blanco ganó hoy.

Cada vez nos vemos menos.

La verdad, estoy agotado. No he dormido mucho.

Nos quedamos hablando hasta tarde y el ruido de unas señoras haciendo zumba me despertó apenas salía el sol. Pero no me puedo quejar. Estoy sentado viendo a mis amigos reír, hablar del pasado y emocionarse por el futuro.

No estoy seguro en qué momento crecimos, pero la plática ahora habla sobre casamientos, amores y trabajo…

Ya es la décima cerveza que rechazo, pero no hay tiempo para explicar que yo cambié tanto como mis amigos. No tiene caso mentirnos: la vida siguió su paso y ahora cada quien camina su propio camino.

Pero hoy, hoy estamos todos juntos de camino al estadio.

¿Qué importan los dolores o los tragos amargos?

¿Qué importa todo lo que pasó antes? Las distancias, risas y recuerdos se comprimieron en una camioneta mientras decidimos a dónde iremos ahora.

Hay una mezcla de olor a alegría, alcohol y risa en medio de todo ese tráfico.

Mi corazón está lleno. Aunque cambiamos nosotros, nuestra amistad sigue intacta.

La vida se siente menos mágica últimamente, pero más real; ya no hay amistades circunstanciales: se quedan quienes deciden estar. Vernos se convierte en un acto de rebelión contra la dispersión y la distancia.

Hoy decidimos desvelarnos. No importa que no hayamos dormido… tenemos que aprovechar las pocas horas que nos quedan.

No sé a dónde iremos, pero no importa: cada vez nos vemos menos.

Tengo tiempo corriéndole al amor…

Ayer encontré fragmentos de ti en mi carro: un labial que dejaste u olvidaste en mi carro. Un olor a ligereza en mi ropa. Un pelo amarillo, aunque insistas en que es castaño, está en mi asiento.

No sé cómo llegué a ti; de hecho, ni siquiera quería escribirte aún. Lo vuelve más real, menos banal.

Pero tengo tiempo corriéndole al amor y mis defensas ya se agotaron de tanto escapar.

Para cuando llegué a mi casa, la luna ya brillaba. La luz clara inundaba la cocina y al fondo el jardín lucía más bello que nunca.

En mi panza había un revoltijo. Mi cabeza estaba en el cielo y mi sonrisa me delataba.

Escuché la puerta abrirse y un pequeño susurro desde arriba:

—¿Dónde andabas?

—Fui a ver una película —balbuceé.

Estaba viendo unas flores que por alguna razón me recordaron a ti cuando salí del trance.

Antes de bajar del carro decidí dejar todo intacto: la basura del café que te gusta, el labial y los cabellos sueltos.

El olor mezclado de flores, suspiros y pláticas que aún no concluyen está empezando a llenar mi carro, y por primera vez no se siente como una invasión.

Estoy aprendiendo a decir tu nombre mientras duermo… a susurrarlo.


Lista de libros | septiembre, 2026.


El llano en llamas. -Juan Rulfo

Desde que leí a Juan Rulfo en junio de este año, me convertí en admirador de su escritura. Honestamente, antes de Rulfo nunca fui particularmente aficionado a los cuentistas. Pero este año, afortunadamente, la literatura latinoamericana me ha envuelto y ha empezado a causar estragos en mi manera de escribir, hablar y pensar.

No sé por qué tardé tanto en acercarme a este género. Pensaba que en él no se escondían más que palabras rimbombantes y frases repetitivas. Era, para mí, un pasatiempo sin función alguna. Afortunadamente, como casi todo en esta vida, estaba equivocado y la vida se encargó de demostrármelo.

El cuento no es un género para artistas, intelectuales o expertos. Los seres humanos llevamos siglos aprendiendo a través de historias, y los cuentos son, justamente, eso: historias que nos hacen crecer, cuestionarnos y, a fin de cuentas, entender un poco más de nosotros mismos.

¿Cuánta verdad se esconde en la ficción?

Es una pregunta que me sale al encuentro cada vez que leo. No dejo de encontrar destellos de verdad en estos cuentos: miedos, verdades inconclusas, dolores, alegrías y fortalezas. Quizás por esto mismo me he acercado tanto a este género. De los libros que he leído, ninguno intenta alejarse de la realidad; algunas veces la exagera, la deforma o la lleva a un extremo, pero es únicamente para entenderla mejor.

El llano en llamas es una recopilación de cuentos escritos por Rulfo entre 1946 y 1953 y publicados posteriormente como conjunto. Son diecisiete historias que retratan el mundo rural mexicano de mediados del siglo XX, particularmente el paisaje de Jalisco que Rulfo conoció de cerca. A través de ellas aparece un México marcado por la pobreza, la violencia, la religión, la tierra y las heridas que dejaron los conflictos de las décadas anteriores.

De Rulfo, además de las cartas a Clara, todavía me falta leer su biografía y algunos de sus cuentos que seguramente volveré a encontrar en el futuro. Es un personaje que me intriga. Nunca consideró a la literatura una profesión con la cual lucrar: trabajó como oficinista, hizo fotografía y también escribió guiones cinematográficos.

¿Qué habría pasado si se hubiera dedicado exclusivamente a escribir?

¿Tendríamos más obras suyas?

¿O será que su trabajo es tan sublime precisamente porque es breve?

Para profundizar un poco más estas historias merece la pena revisar otros de los trabajos de Rulfo. Particularmente sus fotografías me parecen fascinantes. El link para comprar el libro.



La Suma de los Días. -Isabel Allende.

Allende se ha convertido lentamente en una de mis autoras favoritas. He empezado a disfrutar tanto sus libros que he decidido leer sus obras un poco más lento.

Mi primer acercamiento a ella fue con Paula. Después de leer La casa de los espíritus este mismo año, decidí finalmente adentrarme de lleno en su escritura. El libro que escogí fue prácticamente al azar.

De sus obras, algunas ya acumulaban polvo en la librería de mi casa desde hace años. Antes de que siquiera yo leyera uno de sus párrafos, mi mamá, convertida en su admiradora cuando tenía mi edad, ya había decidido que sus libros merecían un rincón en mi casa.

Para mi grata sorpresa, me encontré con su segunda autobiografía —aunque debo admitir que no es tan buena como la primera—.

Este libro retoma algunas de las ideas de su primera autobiografía. Está escrito en formato de carta para su difunta hija, donde narra qué es lo que ha pasado en su vida desde su partida. A diferencia del primer libro, este tiene un tono más humorístico, más vital, incluso más resuelto. Aunque habla del duelo, lo aborda con madurez, con cierta distancia y más paz.

Se nota que la autora ha vivido, aprendido y llorado. Pues, tal como lo dice al principio del libro:

“Habrían de pasar muchos años antes de que la «tristeza» se convirtiera en una amiga suave y constante.”

El libro fue publicado en 2007, quince años después del fallecimiento de su hija. Habla sobre los vaivenes de la familia de Allende en California. Narra amores que nacen, duelos que se quedan, adicciones familiares y libros que florecen en medio del caos de la vida.

Me parece increíble que la autora logre atraparte narrando su rutina y las banalidades de su “tribu”. No solo demuestra lo buena que es en el arte de la escritura; habla también de su capacidad de narración y honestidad.

Leer las páginas de Isabel Allende siempre es un auténtico deleite.

Este año me limitaré a no leer otro de sus libros. Necesito conservar cada uno de ellos para momentos especiales de mi vida.


Como siempre, eres bienvenido a mandar cualquier recomendación, duda o comentario. Y si alguno de estos libros te llama la atención, no te quedes con eso —recomiéndaselo a alguien. El mundo necesita más personas leyendo.

Nos vemos pronto, abrazo.

—Sebastián S.

Siguiente
Siguiente

Mapa Mental |agosto, 2026.