Roma, 2025.
Roma es, por mucho, mi ciudad favorita.
Caminé esta ciudad sin descanso, un total de cien mil pasos en tres días según las estimaciones propias y las de mi reloj…
La sensación de por fin conocer un lugar del que llevaba años leyendo superó todas mis expectativas. El Coliseo me robó cualquier suspiro que aún me quedaba después de perderme por las calles de Roma y comer la mejor pasta que he probado en mi vida.
Por fin pude hacer mi “peregrinación” estoica y caminar las calles que Cato, Marco Aurelio, Séneca y Epicteto —aún como esclavo— caminaron antes que yo. Conocer los espacios que alguna vez fueron parte de la República y, después, del Imperio Romano, me recordó lo breve que es la vida y lo mucho que hay por ver, por leer, por escuchar y por aprender.
Qué bendición.
Llegando a la Fontana di Trevi, una italiana me regaló un gelato después de escucharme hablar español y platicarme de sus aventuras en México. Un viejo me recomendó un libro que terminé comprando, tiempo después, en un idioma que si podía leer.
Visité las estatuas de Marco Aurelio. Vi mas iglesias y ruinas de las que recuerdo. Y finalmente, sentí un asombro que me cuesta describir con palabras al entrar por la puerta principal de la Basílica de San Pedro.
Fue un viaje muy especial: mi séptimo país visitado del año y mi sexto viaje solo. Tal vez la siguiente vez sea distinto. Seguramente no será solo, no caminaré tanto y probablemente viaje más lento. Pero este me recordó por qué camino, la bendición de la salud y la juventud, por qué leo y por qué sigo buscando aprender de lugares donde el tiempo, la historia y el silencio todavía me cuestionan.