Florencia, 2025.
Para los griegos, el amor entre amigos —ese que se basa en la confianza, la lealtad y el deseo de caminar junto a alguien por la vida— se llamaba philia (φιλία).
Quizás por esto viaje a Florencia.
En principio ni siquiera iba a visitar la capital toscana; fue, más bien, un plan que se armó en treinta minutos y terminó siendo uno de los mejores recuerdos de mi estancia en Europa.
A las once de la noche, uno de mis mejores amigos me dijo que fuera. A las ocho de la mañana ya había llegado. A las cuatro de la madrugada saldría de regreso, y a las dos de la tarde volaba de Roma a Croacia. Sonaba, honestamente, como un gran plan.
Al llegar comimos en All’Antico Vinaio y fuimos por una pizza napolitana. Paradas obligatorias según el conocimiento de mi tocayo. Después de que nos regalaran limoncello —y de fingir que yo entendía italiano— fuimos por un vino y lo compartimos mientras reíamos frente al puente Vecchio.
Las horas volaron y decidimos subir a la Piazza Michelangelo para ver el atardecer.
¿En qué momento pensamos que era buena idea ir primero a un bar y luego a un antro? —No lo sé.
Lo que sí sé es que, en la emoción —o quizá en la borrachera— de mi amigo, decidió regalarme un boleto de tren para irme hasta las nueve de la mañana. Cinco horas más en Florencia. Yo solo pude corresponder comprándole más alcohol y fingiendo que era una excelente idea volar con resaca, desvelado y deshidratado.
Al despertar a las ocho, medio desorientado y medio mareado, revisé desde qué terminal salía mi tren. Salía de la terminal 3. Salía, también, dentro de dos semanas.
Con retrasos, corriendo por el aeropuerto, sin mi reloj que ahora era souvenir en la calle Viuzzo pero logré abordar ese avión. Fui el último pasajero en subir: el más crudo, pero también —estoy seguro— el más feliz.
Lo que viví en Florencia, los mexicanos lo llamamos peda; los griegos lo habrían llamado philia; yo, simplemente, lo llamo vivir.