Soledad y amor
Me desperté muy tarde, el sol me pegó en la cara, despertándome y restregándome mis decisiones de ayer. Debí cerrar esa cortina.
Mis amigas siguen con resaca. Hay un par de zapatos en la sala desacomodados, una corbata regada y algunos vasos con agua intentando pelear contra el alcohol en su sistema.
Yo en cambio, no siento resaca, pero me siento solo.
Desde hace unos meses está este sentimiento... No diría que no conecto con la gente; simplemente estoy solo.
Vivo mi vida mientras que mi entorno hace con su tiempo lo que le parece mejor. Unos se casan, otros se mudan, algunos no cambian, pero todos dejamos de habitar los mismos días. Los problemas que antes eran de todos ahora son de uno.
Cada vez es más normal ver menos a las mismas personas con las que comía y reía a diario. Las interacciones se resumen a mensajes, llamadas y algunas salidas que entre risas me recuerdan a otro tiempo.
De camino a mi casa pienso en mi futuro y mi presente.
Hay una voz que he decidido ignorar mucho tiempo, quizás por miedo: ¿Y si es así para siempre? ¿Entonces la única compañía será la propia?…¿Para siempre?
No es que sea algo malo tenerse a uno mismo. Simplemente añoro la ilusión de creer que iba a estar siempre junto a quienes amo.
Le subí a la canción que sonaba para intentar silenciar mis pensamientos.
Tengo todo lo que podría pedir y mucho más… ¿entonces por qué me siento así?
Llegué a mi casa y seguí con mi ritual de domingo, lavar, escribir y leer… pero antes de hacerlo le escribí a mis amigas.
—Estuvo con madre ayer. Las quiero mucho, mucho, mucho.
Agarré el teléfono y le marqué a Emilio.
Buzón de voz.
—Sigue dormido.
Quizás debería hacer lo mismo yo.
Al rato recuerdo mis bendiciones, ahorita quiero disfrutar mi nostalgia.
Ya va una semana desde que salí de vacaciones y por primera vez en agosto no tendré un “primer día de clases”.
Me asomé a buscar debajo de mi cama unas hojas esperando ser leídas. —¿En qué momento compré tantos libros?— Ahí entre el polvo de mis tiliches, estaba el primer libro que leí entrando a la universidad… —¿De verdad ya pasaron 4 años?— Pensé mientras lo sacudía un poco.
Recuerdo que ese libro me acompañó cuando subí las escaleras de piedra y olí la tierra mojada de agosto en mi escuela por primera vez. Entre mi librero, también estaba el único libro que me llevé a mi intercambio. Hay anotaciones hechas en otros países, hojas rotas y algunas manchas en sus páginas, pero para mí siempre será el libro que me hizo salir de la cama para ir al gimnasio en Suecia.
Hay algunos regalos de amigos y de mis padres que adornan los recovecos de mi cuarto. Volteo a ver los cuadros que imprimí en mis primeras vacaciones de la universidad y no logro recordar quién me acompañó, ¿será que la quise olvidar?
Mi cuarto estos años ha cobrado tono de museo. Es una mezcla de todo lo que he amado. Medallas, recuerdos de viajes, fotos impresas, libros por leer y cámaras sin pila. Personas que llegaron y otras que se fueron se juntan dentro de cuatro paredes.
Hoy hace tres veranos estaba viajando con mis amigos a un lago, o al menos eso me recuerda mi cuaderno. La incomodidad de las casas de campaña, los mosquitos, las regaderas me invaden por un momento y sonrío por lo que viví. Siento amor por la persona que fui.
Me emociona mucho construir una nueva vida y llenarla de recuerdos. Mi mente divaga unos momentos cuando recuerda los días en los que fui estudiante-atleta.
¿A dónde me mudaré? ¿Cómo se verá mi primer departamento?
Cuando suena mi teléfono estaba a media epifanía…
—¿Qué onda rey, nos vamos a ver hoy?
—Ahorita salgo
—¿Todo bien?
—Si, si. Oye acompáñame a comprar mi primer libro de desempleado.
—Ándale pues, pero ya sal.