Espero no tener que volverte a escribir…

—Ayúdame, Dios. Por favor.

La luna no salió a brillar hoy. Mi cuarto está oscuro y apenas una vela ilumina mi escritorio. La figura de una persona sentada con un rosario en mano me sigue sorprendiendo… ¿En qué momento empecé a rezar?

—Ayúdame a perdonar, a soltar, a entender más y decir menos. Ayúdame a ser mejor.

Me sorprende escucharme a mí mismo diciendo estas palabras. No sabía que podía orar.

Estoy pidiendo, porque incluso aunque estoy convencido que esto es lo mejor para mí, mi corazón sigue resintiendo mi decisión.

Es esa pequeña voz la que me preocupa. Esa que no quiere cambiar, la que se esconde en los recovecos de mi cerebro.

—Por favor ayúdame a cambiar esa parte que no quiere cambiar. La que no logro silenciar.

—Por favor, encárgate tú. Me rindo…

Aunque…

—Si se trata de experimentar todo lo que pueda esta vida, wey. Pero cada que abro ese cuaderno me acuerdo de mi tristeza.

—Estuvo raro ese pedo, ¿no?

Es sábado y no hay entrenamiento. Qué extraño.

Me puse mis tenis para ir a correr aunque terminé yendo al cerro. El sol aún no salía, las nubes tapaban su luz y predecían un diluvio… —así es esto— me repetí.

—Pérate wey, me entró una piedra al tenis.

—¿Por qué te aferras a esas madres? Se están cayendo a pedazos.

—Son con los que corrí mi primer maratón.

Qué extraño es caminar este lugar… las piedras son diferentes a como las recuerdo y los árboles cada vez son menos.

—Se ve con madre desde aquí, ¿pero por qué subimos? Está medio lejos y va a llover…

Me distraje un momento con ese árbol torcido que en algún momento guardó tantos secretos.

—¿Tian?

—Ah, perdón wey. No quería correr y tenía rato sin venir…

—Ah, ya.

Agarré una piedra y la tiré al vacío…

—Una vez me encontré unos lentes aquí wey. Y señalé una rama rota del árbol.

—¿Ah, sí?

—Sí, los escondí en ese arbusto de allá…

—También escondí un poema en este árbol de acá.

—¿Neta?

—Sí, pero no está hecho para ser leído.

—Oye wey, ya nunca me platicaste… ¿sí te buscó?

¿Estuvo raro, no?

Llegué a mi casa y me hice bolita en el suelo. —Necesito un abrazo, necesito que el tiempo se detenga— pensaba, mientras el corazón se me hacía chiquito y el mundo enorme.

—Por favor Dios, ayúdame…

Siento las manos frías, un nudo en la garganta, quiero gritar… pero la última voz que me quedaba se quedó en ese estacionamiento.

Son las 11 de la noche y no quiero hacer ruido, no quiero ser visto o oído, por Dios, no quiero ni siquiera existir.

—¿Qué es este sentimiento?

No puedo parar de llorar… no han pasado ni diez días, caray. Qué injusto…

Para cuando abro la regadera ya es tarde en la noche. En mis ojos hinchados ya no hay lágrimas suficientes para mezclarse con el plas plas del agua.

No quiero sentirme así. El mundo sigue, mi familia duerme y yo me cuestiono si podré salir de la cama para jugar mi tercer año de universidad…

Quizás…

—No wey, ya no me buscó.

Mi cabeza no deja de dar vueltas. La toalla está caliente por el vapor de un baño que se sintió eterno. Son las 2 de la mañana. Me levanto en tres horas. Pero aún así, necesito escribir.

Rompí unas cuantas hojas y lentamente las llené de poemas.

—Pero ¿estás bien?

—Sí wey, mejor que nunca.

En otra vida…

La alarma sonó en punto de las cinco de la mañana. No quería abrir los ojos.

El campo me pesó más de lo normal, ya van varios golpes acumulados y la cadera me duele. Pero me está yendo muy bien.

El silbato marcó el final de la práctica. Dejé mi casco en su lugar y me preparé para pretender que nada estaba pasando. Mañana hay partido.

—¿Te acuerdas cuando te dije que ya no quería jugar americano?

—Sí, pero ahí sigues, ¿no?

—Así es, seis meses más.

El sol se coló por mi ventana y me sacó de mi sueño. Cuando abrí los ojos me di cuenta que dejé la vela prendida. —Tengo que ir por otra— pensé.

Me puse mis tenis nuevos y tomé mi cuaderno. —Madre, ya vengo. Voy al cerro— grité mientras subía al jeep.

—¿Ya estás listo para dejarlo?


Siguiente
Siguiente

Soledad y amor