Copenhague, 2025.
De las ciudades más bellas que he conocido.
Copenhague me recibió con nieve, frío y un silencio que no sabía apreciar.
Corrí bajo copos de nieve al empezar el día y por total ignorancia decidí no usar guantes.
Mientras visitaba el Palacio Real mis manos se entumecieron tanto que sentía que se iban a caer. Por un instante, contemple la idea loca de tocar la puerta principal y buscar al Rey Federico para que me recordara que solo a un loco —o un ignorante— se le ocurre correr en la mañana, en invierno y sin guantes. Lección aprendida.
Después de la ducha con agua hirviendo y una parada obligatoria en Nyhavn, visité un bar Irlandés por recomendación de una mujer que no recuerdo su nombre.
Al entrar las flautas, el violín, las palmas de unos borrachos y una gaita tocaban una canción que me envolvió por completo. Con una Guinness en la mano, el desorden y las luces cálidas del bar, olvidé por completo la nieve que envolvía la ciudad, el frío y mis expectativas sobre la vida.
Al final, Copenhague también sabe refugiar.
No sería la última vez que visitaría Copenhague, pero por lo pronto me iba con el alma más ligera, buenos recuerdos y una bonita experiencia.