Maratón en pista, 2025.


Jönköping, 2025

Hoy se cumple un año desde que corrí mi segundo maratón.

Lo corrí en una pista de atletismo de cuatrocientos metros en Suecia. Tardé 3 horas, 40 minutos y 59 segundos.

Estaba en Europa de intercambio, llevaba ya cinco meses en mi nuevo y pequeño hogar al sur de Estocolmo y empezaba el mes de mayo. El mes que durante los últimos cinco años de mi vida ha marcado el final de la pretemporada de fútbol americano. El mes donde cosechas el trabajo hecho en los primeros ciento veinte días del año.

En el fútbol americano, mayo marca las últimas pruebas físicas hechas en el gimnasio. Es el mes donde las palabras empiezan a sobrar y las acciones se quedan. Es cuando se vuelve imposible mentirse a uno mismo, pues se nota quién se esforzó y quién no.

Ese mayo yo estaba solo y viviendo a casi diez mil kilómetros de mi casa. Sin pruebas físicas, sin equipo, sin nadie que me viera trabajar. Por primera vez en cuatro años estaba haciendo el trabajo sin que nadie me supervisara. Los entrenadores estaban ocupados con los que se quedaron, mis compañeros estaban terminando una pretemporada más y aunque no lo quería ver, lentamente el espacio que había dejado se había empezado a llenar.

Mientras tanto yo estaba preparándome para rendir en el fútbol americano cuando regresara a México y al mismo tiempo quería probarme que podía correr un maratón en un tiempo más decente.

Quería sentir todo, vivir todo y hacerlo con poco descanso, con el presupuesto de un estudiante y claramente con la energía de un joven de veintidós años.

No tenía tiempo para pensar en sillas vacías ni mucho menos, solo quería correr, vivir y viajar.

Bendita ignorancia.

Así fue como en febrero de 2025 oficialmente empecé mi primer ciclo de preparación para un maratón. Tres meses, planeados más con intuición que con datos o preparadores físicos. Lo estaba balanceando con más cosas de las que puedo nombrar, pero me sentía pleno y emocionado.

Después de casi un mes corriendo y levantando peso en el gimnasio me di cuenta de que mi preparación era completamente inefectiva. Algunos días era más rápido, otros más lento. Unos días rendía y otros no podía terminar de correr sin sentir que se me salía un pulmón. A veces el frío era motivación para entrar en calor, pero otros de tan solo pensar en la carga de la lavadora me desmotivaba por completo de ponerme los tenis.

No tenía un plan, y si no sabes adónde vas ningún viento es favorable.

Mi meta de correr un maratón más rápido que el primero era más un castillo de arena que un plan.

Así que me senté a diseñar a detalle lo que iba a hacer los próximos meses. Estaba intentando meter un maratón por debajo de las 3 horas y 30 minutos viniendo de correr mi primer maratón en casi cinco horas. Bastante ambicioso para alguien que no entendía el concepto de zona 2. Pero bueno, si algo he aprendido del fútbol americano es que si no vas a dar tu máximo esfuerzo, no vale la pena ni siquiera intentarlo.

Sin tener la menor idea de qué es lo que iba a hacer para lograrlo, me puse a investigar, leer y comparar datos que encontré en internet. Pasé medio día haciendo una tabla de Excel con un plan de entrenamiento en el que balanceaba la meta de seguir creciendo músculo y de alguna manera levantar más peso mientras corría más rápido, por más tiempo y comía con el presupuesto de estudiante.

Quería hacer un milagro.

Buscaba más gramaje de proteína en habas y garbanzos, más carbohidratos en panes baratos y minerales en frutas congeladas que solo me hacían extrañar a México y su privilegiada gastronomía.

No consideré lo tedioso que iba a ser preparar un maratón. Las lavadoras de febrero y marzo eran un dolor de cabeza, las cuentas del súper en la comida me hacían aprender a preparar mi propia crema de cacahuate y exprimir algunos euros para poder continuar con mis expediciones dentro de Europa.

Hacía de todo para seguir corriendo, leyendo, escribiendo y viajando. No podía estar más bendecido.

Así empecé la preparación de un maratón más. Con cero idea de lo que estaba haciendo, equivocándome y aprendiendo en el camino. Con cero experiencia pero con muchas ganas y buena vibra.

Ser novato en un deporte me hizo darme cuenta de la bendición que era no saber qué estás haciendo. De hecho, gracias a no entender una plataforma y no poder abrir unos documentos empecé a programar y eventualmente nació la página en la que estoy escribiendo esto.


Mayo, 2025

Llegué a mayo de 2025 más cansado que completo.

Correr el mismo lago de 5 km seis días a la semana empezó a tener su efecto en mi.

Dejé de preocuparme en disfrutar el proceso y hasta cierto punto me obsesioné en simples datos. Anotaba en mi pizarrón los segundos exactos que tardé en darle la vuelta al lago donde los arbustos servían para esconder mi agua durante la noche, y mi Excel se llenó de pequeñas anotaciones que eran insignificantes.

Olvidé que la competencia era contra mí mismo y confundí el progreso con querer la perfección. Pasé de ser un novato inexperto que se divertía cuando se equivocaba a reclamarse porque un medio maratón había sido treinta segundos más lento que otro.

Me empecé a hablar de manera negativa y dejé de celebrarme mis logros, pero no me di cuenta de esto hasta mucho tiempo después.

Mi página de Excel pegada en mi cuarto.

En el proceso estaba llevándome mis ganas de correr, me dolía la planta del pie y mi espalda junto a mi cadera se pusieron de acuerdo para llenarse de achaques. Es curioso cómo el cuerpo siempre encuentra maneras ingeniosas de hacerse escuchar.

Aún así, encontraba la motivación, que quizás era más tonta terquedad que otra cosa, para seguir corriendo y levantando peso. Ocho semanas más y estaría de regreso en Guadalajara haciéndole saber a todos que no me hice tonto en mi intercambio.

Spoiler alert: a nadie le importaba.


El pueblo en el que vivía era tan pequeño que si salía a la carretera a correr, antes de siquiera llegar a la mitad del entrenamiento ya estaba en un pueblo diferente.

Recorría la ciudad completa y todavía me faltaban tres vueltas al lago para terminar un entrenamiento promedio a esas alturas de abril. Sabía hasta dónde crecían las flores de ese mentado lago, y ya hasta saludaba con la misma sonrisa de manera regular a una señora que a diario paseaba a su perro por donde mis pies pisaron primero hielo, luego nieve y finalmente hojas secas cuando el sol por fin se dignó a salir en Suecia.

Corría al lado del lago tan seguido que hasta hace un par de meses seguía teniendo el recórd de más esfuerzos consecutivos en la misma ruta, durante 90 días en Strava. Seguramente el nuevo título lo tiene la misma señora sueca a la que saludaba, pero el perro ya no es un cachorro.

Así que cuando al fin llegó el primer domingo de mayo y el último domingo de carrera larga no podía estar más feliz. El ciclo había terminado.

Me tocaban 35 kilómetros, estaba a tres fines de semana de correr el maratón de Estocolmo y a dos días de irme a un viaje trece días por Londres, París y Copenhague en los que sinceramente no correría un solo día.

Ese día por primera vez en toda mi estancia, decidí cambiar mi rutina del lago y tomé un camión para ir a conocer la pista de atletismo que estaba a 45 minutos de mi casa. El cambio de ruta me iba sentar bien. Aunque a veces aún me pregunto si aquella señora se cuestionó a donde me fui y por que jamás volví a sonreírle o a pasar por ahí en ese horario.

El camino pasó sin imprevistos, llené mi maleta de gomitas en forma de oso, tres botellas de agua de un litro, dos barritas, cuatro geles, tenis, chanclas, audífonos y algunos papeles con escritos que jamás vieron la luz del día.

Prendí mi teléfono, puse mi playlist con una mezcla de Luis Miguel, Lescop, The Killers, Kanye West y Pink Floyd y me puse a correr en círculo sin saber que eventualmente se completarían 3 horas con 40 minutos y 59 segundos. Mi mejor tiempo en un maratón hasta ahorita.

En un principio el tartán me recordaba al estadio donde había pasado los últimos cuatro años, pero eventualmente el pensamiento se agotó y dejé de pensar en las barras o los discos de La Fortaleza Azul.

Los primeros cinco kilómetros pasaron muy lento. No lograba concentrarme del todo, la música no resonaba, la panza no se había asentado y hasta el tartán sonaba diferente de como lo recordaba. Mi plan de correr 21 kilómetros en la pista y salir a conocer a pie otras carreteras y pueblos se fue achicando conforme el tiempo pasaba y Luis Miguel cantaba “Dímelo en un beso”.

El tiempo empezó a correr de manera diferente. No sentía que hubiera un futuro o un pasado. No estaba pensando en cuánto estarían sacando en las pruebas mis amigos, no pensaba en Londres o París. Simplemente estaban mis pensamientos corriendo en autpmático, el sonido de mis pies pisando en un ritmo constante y el mismo rojo del tartán una y otra vez.

Era tan repetitivo que era casi una meditación. No sentí en qué momento llegué al kilometro 28, nada me podía a sacar de ese estado. Al fondo se escuchaba la chicharra de un reloj digital enorme que marcaba la hora.

Mi método de hidratación era preciso, cada cuatro vueltas tomaba un bote con agua y lo cargaba durante los siguientes 400 metros, podía hidratarme y la dejaba en la misma banca sin la necesidad de pararme un solo segundo. Las gomitas me acompañaban en mi bolsillo y los audífonos sin pila que habían dejado de sonar después de escuchar The Dark Side Of The Moon, descansaban al lado de un bote de agua vacío.

Vi a algunas personas llegar a la pista, hacer todo su entrenamiento e irse. No intercambié palabra con ni uno.

Solo un señor hizo contacto visual conmigo al escuchar el sonido estrepitoso de vidrio cayendo en el concreto, cuando mi método de hidratación finalmente falló y mi descuido se llevó hasta la última gota de agua que me quedaba. Estaba por llegar al kilómetro 35 y ya llevaba 87.5 vueltas en esa pista.

Al terminar esa vuelta no paré. Mis piernas ya iban en automático.

Honestamente, veinte vueltas más ya no sonaban como un tanta distancia, además me sentía muy bien. Iba en buen tiempo, las piernas no se habían acalambrado y a pesar de no tener más agua tenía el incentivo de conocer mis pensamientos en una situación tan incomoda como esa. Sabía que iba a terminar ese maratón, pero el porqué lo hacía era incierto.

No se si necesitaba sentir seguridad de que todavía podía correr un maratón, o quizás solo era meramente una cuestión de estupidez humana.

Escuchaba mi cabeza hablarme, por primera vez noté que quizás no me hablaba tan bonito como pensaba. Pero lo descarté, en ese momento estaba listo para terminar un maratón.

El kilometro 39 fue muy pesado. Sin agua, sin gomitas, sin geles y sin nada que hacer más que seguir corriendo. A lo lejos vi llegar a una señora con su maleta y estirar un buen rato. Fueron kilómetros lentos. Los calambres y los achaques naturales del cuerpo ya estaban pasando factura y me pasé un rato cuestionando mi existencia.

Recuerdo llegar al kilometro 42 y correr lo más rápido que podía mientras me acalambraba. La única otra cara presente en esa pista me miraba con una mezcla de sorpresa y lástima. No era tan normal ver a un extraño correr y agarrarse una nalga cada 500 metros.

Cuando por fin terminé y me senté a descansar, medio acalambrado y deshidratado, la señora me preguntó que si había sido un “nice workout” solo asentí y sonreí. Me dijo que todos empezamos por algún lugar y que me recomendaba comer mejor para no acalambrarme.

No tenía ni idea de que había corrido un maratón.

Le agradecí y le pregunté su nombre y de dónde era, su acento era indescriptible, me dijo que era de Irán.

Mi día terminó ahí.

Cuando les platiqué de mi hazaña a mis roomies me dijeron que era un psicópata, mi familia me hizo más preguntas y no se sorprendieron mucho. Pero mis amigos que estaban metidos en el gimnasio de borregos solo dijeron “ahuevo felicidades, —oye marqué más que tu en squat”.

That’s Life.


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Florencia, 2025