Londres, 2025.
Recuerdo aterrizar en Londres y no saber donde iba a dormir. Llegue a principios de mayo, cuando el sol no se escondía y las lluvias eran moderadas.
Viajar solo es una de las mejores experiencias que he tenido. Pero para mayo de 2025 tenía cinco meses viajando solo y lentamente comenzaba a pesarme.
Aterricé en el aeropuerto de Stansted a las 11 de la mañana mientras en mis audífonos reproducía London Calling de The Clash.
Recuerdo tomar el camión de camino a la ciudad mientras hablaba con mi madre. Estaba recibiendo bendiciones mientras yo optaba por reservar un hostal a un lado del mercado más famoso de Londres.
Para este punto de mis viajes en solitario, ya había aprendido a moverme, perderme, asombrarme y confiar en mi intuición. Me sentía completamente listo para resolver cualquier situación que se presentara.
Pero nunca pasó por mi cabeza tener que enfrentar la soledad.
La primera noche fui a cenar a un lugar de pastas que me recomendó una de las mujeres más bellas que he visto en mi vida. Intercambiamos unas cuantas risas y me recomendó Padella.
Estando ahí, al lado de un señor con el reloj de mis sueños, me sentí profundamente solo. Quería mandarle mensaje a mis amigos, pero ellos seguían dormidos. Aquella mujer se iba de viaje al día siguiente mientras yo estaba comiendo en una barra frente a un espejo, acompañado solo de mi reflejo.
Caminé hasta un pub cercano donde bebí una cerveza y me retiré. No hablé con nadie. Era un martes, el lugar estaba lleno de personas trajeadas y la luz era cálida. Cuando salí, el sol ya tenía tiempo que se había escondido, así que caminé apenas unas cuadras y me senté a observar el Tower Bridge.
Tenía planes para el día siguiente. Visitar museos y librerías. Ir a Buckingham. Conocer Hyde Park. Caminar y perderme dentro de pubs antiguos.
Pero estando en esos lugares siempre me detenía a marcarle a familiares y amigos. A mi madre le enseñé Buckingham mientras me platicaba que viajó a Londres cuando tenía mi edad. A mi papá le marqué saliendo de una librería. A mis hermanos les mandé fotos de los museos y exposiciones. Así intentaba compartir lo que veía con las personas que amo.
El tercer día, sentado en la recepción de mi hostal, escuché a unas personas hablando en español. Me acerqué a platicar con ellos y resultaron ser los chilenos más agradables que he conocido. No teníamos mucho en común. Nos separaban casi 25 años de edad y esposas e hijos de por medio. Su acento, que a esa hora se mezclaba con la música y el alcohol, me resultaba casi imposible de descifrar.
Compartimos unas cervezas, mientras me hablaban sobre sus aventuras y su amistad que cumplía casi cuarenta años. Se despidieron de un apretón de manos y un abrazo y partieron rumbo a Estambul. Insistieron en pagar la cuenta.
Esa misma noche conocí a Summer, una mujer con heterocromía que me hablaba de su vida en California. Caminamos juntos hasta su hospedaje y reímos sobre banalidades. Me despedí frente a un hotel con sus amigas riendo y viéndonos desde la recepción. Me di la vuelta y una vez más, estuve solo en la madrugada.
Caminé todos los museos de Londres y mi dieta se basó casi por completo en combos del Amazon Fresh. Los pies me dolieron de tanto caminar y me arrepentí de cargar con tantas cosas en mi mochila. En el aeropuerto de Southend compré unos libros que ya rebasaban por completo la capacidad de mi mochila. Tuve que cargar hasta Gare Du Nord en París, unos tenis de correr que nunca utilicé.
En Londres me di cuenta de que quizás nunca había querido viajar completamente solo. Quería la libertad de decidir mi camino, pero no quería dejar de compartirlo con quienes amo.