Estocolmo, 2025.
Durante tres días estuve en la capital escandinava. Viajé con personas de diferentes nacionalidades que acababa de conocer — la primera vez viajando en grupo, después de 18 días viajando solo.
Recuerdo despertarme temprano y decidir que no me iba a perder las pocas horas de luz que quedaban así que salí a caminar por los archipiélagos. El aire helado me quemó la cara y por primera vez añoré a México y sus inviernos inexistentes.
En el metro rezaba por no haberme equivocado de zona — como me había pasado en Copenhague, donde una confusión de rutas me hizo acreedor a una multa. Ni modo.
En el museo Vasa me senté un rato frente a un barco que se hundió en el siglo XVII y hablé con mis amigos de México. Me contaban que el equipo había vuelto a entrenar y que me extrañaban.
De un lado, un naufragio de hace cuatrocientos años. Del otro, mi vida en Guadalajara siguiendo sin mí.
Antes de irme, le mandé un mensaje de voz a mi papá diciéndole que lo extrañaba.
Cuando volví seis meses después, me dijo que se había despedido de un niño y que volvió un hombre en su lugar. Quizás es lo más bonito que me ha dicho.
Cuando quiero sentir algo, escucho ese mensaje de voz.
Mi voz suena diferente. Le pertenece a un niño que ya no conozco — sus ojos, sus intereses y sus problemas ya no son los míos. Y aun así le agradezco a diario que haya tenido el valor de irse tan lejos a conocerse.
No sería la última vez que volvería a Estocolmo. Pero la siguiente ocasión volvería para correr un maratón y despedirme del norte de Europa.