Gotemburgo, 2025.


Llegué a Suecia un 6 de enero con mucha nieve y un frío que había vivido muy pocas veces.

Al principio no sabía qué pensar. Oscurecía a las 4 pm y no veía a muchas personas fuera. Decir que me sentí aislado es ponerlo de manera bonita. Extrañé el sol y las risas que en México parecen más norma que excepción.

Mi primer viaje dentro del país que sería mi hogar seis meses fue a Gotemburgo — una ciudad pequeña al sur de Suecia, donde el fika es la norma y el lagom lo esperado. Fui a hacer mis trámites migratorios y evitar que me sacaran a patadas de Europa.

Lo hice con mi roomie. Mi tocayo. Un mexicano que jugaba fútbol americano en un equipo contrario al mío y con amigos en común — a quien conocí por primera vez a 9 mil kilómetros de casa.

Caminamos mucho y nos fuimos conociendo poco a poco. Nos separaron en la oficina de trámites. Ahí entendí por qué Suecia tiene fama de adicta a la nicotina — todos sacaban su Zyn en cuanto podían, como lagartijas buscando el sol. Dos horas de espera después, nos reunimos de nuevo.

Caminamos por calles oscuras pero muy bellas, y al final buscamos refugio en un café donde ninguno de los dos tenía mucho que decir.

Mi tocayo propuso jugar ajedrez en su teléfono. Teníamos 40% de pila para dos horas de espera del camión que se retrasó y una hora y media de regreso.

No recuerdo quién ganó. Seguro fue él.

Nos dormimos de regreso.

Así empezó mi travesía en Suecia — en silencio, con un desconocido que se convirtió en mi hermano. Ya lo decía él: estaba escrito en las estrellas.


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Copenhague, 2025.