Dubrovnik, 2025.
Diciembre, 2023
Croacia estuvo en mi lista de lugares por visitar desde que mi abuela me habló del azul del Adriático y de las murallas de piedra de Dubrovnik, con una sonrisa en la cara.
Mi Biyis es probablemente la persona que conozco que más países conoce. Recuerdo estar en su cocina, viendo los cientos de viajes convertidos en imanes y pensar: ¿cuándo tuvo tiempo para ir a tantos países?
Era casi Navidad, al menos estábamos lo suficientemente cerca para sentir que debía envolver los regalos y ponerme algún suéter rojo. Ahí, en medio de la cena, con vino en la panza, risas de mi familia y las manos quemadas por una olla con mas años que yo, pensé en lo increíble que sería conocer el Adriático.
Marzo, 2025.
Llegué un jueves en la mañana a mi habitación donde podía ver el profundo azul del mar. Por fin entendí por qué mi abuela sonreía.
Quizás fue la necedad y —ese afán de querer controlar absolutamente todo— lo que me llevó a planear cada detalle del viaje. Sabía qué camión tomar, qué restaurantes probar y qué museos visitar.
No me iba a volver a perder en un maldito tram.
Después de arrojar la única mochila que me acompañó por toda Europa, asombrado por el sol que no había visto en meses, las flores de primavera y el olor a sal que tanto extrañaba, salí a caminar entre las calles amuralladas de Dubrovnik.
Estaba anonadado por las piedras, el color del mar y la historia de la ciudad. Me sentía flotando entre tantos detalles y nubes… hasta que de repente llegué a la misma puerta que me había dado la bienvenida a la ciudad.
Nunca dimensioné el diminuto tamaño de las ciudades europeas.
En dieciséis horas ya había ido a los dos restaurantes, un museo y conocido la gran mayoría de las murallas que tenía presupuestados para un viaje de cuatro días.
Cuando el sol se escondió, medio borracho y medio confundido, caminé por las calles de piedra más empinadas del mundo. Algunas farolas de luz amarilla alumbraban mi camino y las calles a medio pavimentar me recordaban a mi bello México.
El libro que llevaba para el viaje ya lo había terminado y mis planes dentro de la ciudad ya se habían terminado así que me metí a la cama sin saber que iba a hacer el siguiente día.
Miércoles de abril, 2025.
La mañana empezó sin mucho sol, con tres huevos menos en una cartera de doce y una pregunta: ¿ahora qué hago?
Caminé por el mismo puente del día anterior, pero sin prisas. Había pájaros cantando y solo me acompañaba el sonido distante del mar pegando con las piedras.
En medio del caos de la ciudad balcánica, entre música y gritos de turistas en idiomas que no entendía, compré una postal. Tenía bordes blancos, olía a papel y a mar. Mostraba una ciudad diferente a la que estaba bajo el sol ese día: en ella no había risas, personas con la piel roja ni enamorados agarrados de la mano.
Era la primera vez que compraba una postal.
Escribí unas cuantas palabras de afecto e inicié un nuevo ritual de comprar postales para las personas que amo, bajo unos naranjos. La postal ya tendría destinatario antes de siquiera ser escrita: algún cajón en casa de mis abuelos.
Con la postal escrita opté por buscarme en los lugares más recónditos de la ciudad. Me busqué en las playas de piedra infinita, en un bar escondido detrás de las paredes de piedra y en iglesias de colores dorados y platinos. Me busqué en el fondo de una cerveza de dos litros, en comidas y en algunas conversaciones vacías con algunas extranjeras.
Me busqué en todos esos lugares sin éxito.
Quedaba un último lugar en donde buscarme: las islas Elaphiti
El primer barco rumbo al archipiélago salía temprano. Éramos distintas personalidades dentro del barco llamado Obara: Katie, una estadounidense que solo quería ser escuchada después de un año viajando por el mundo; una familia de cinco; un viejo noruego; y yo, siendo el último, el único que por su naturaleza latina, no tenía la fortaleza para ignorar a esa pobre alma necesitada de atención.
Cuando por fin llegamos a las islas, bajé por unas escaleras junto a una iglesia sin techo intentando evitar una conversación que no parecía tener final. Le señalé una playa entre piedras de difícil acceso y, por su reacción, supe que no me seguiría. Aproveché el momento para alejarme y estar solo unas cuantas horas.
En Koločep había tantas flores como piedras en las playas. La primavera apenas comenzaba, pero había suficientes nubes para que el sol se sintiera tan lejano como los imanes del refrigerador en Guadalajara.
La playa de piedras y arena hacía contraste con el azul del mar, el amarillo del sol y mi gorra, que terminó quedándose como souvenir en Croacia.
Me quité la camisa, dejé mi cadena junto a una piedra y me lancé al mar. Sentí cómo cada poro se contraía con el agua helada.
De regreso en las bancas del barco conocí a aquel viejo noruego. Tenía 73 años, los ojos tan claros como el mar en el que había nadado, la nariz afilada y un reloj de metal que había comprado en Portugal. Su nombre no lo recuerdo.
Mientras me platicaba sobre sus viajes intenté convencerlo de que viajara a México y conociera las playas de La Paz. Al enseñarme su mapa sin actualizar, me di cuenta de que al fin había conocido a alguien que había viajado más que mi Biyis.
No tenía hijos, esposa ni familia. Pero no daba una sensación de tristeza. Daba la seguridad de haber vivido una vida en sus propios términos. Llevaba 68 países conocidos, todos en el viejo mundo.
Me terminé el vino que me quedaba, sonreí y asentí a todas sus historias de africanos, asiáticos y europeos. Esperé a llegar a tierra firme y terminé de escribir la postal.
En ella le contaba a mi abuela que no quería tener 73 años y seguir planeando conocer Dubrovnik. Le decía que, en realidad, buscaba algo que ya conocía:
La olla caliente.
El vino en la panza.
La risa de mi familia.
Los abrazos que recargan almas.
Le escribía que pensaba en ella y que la extrañaba. Que incluso a la distancia seguía aprendiendo de ella y su vida.
Guardé la postal en un cierre de mi chamarra que no funcionaba y seguí con mi día.
No diría que me encontré en Dubrovnik. De hecho, dudo que exista tal cosa. Tal vez vivimos buscándonos, o simplemente nos convertimos en todo aquello que no queremos ser.
De regreso pensé en otras cosas que aún no sucedían. Me emocionó la idea loca de enseñarle mis propios imanes a mis nietos en un futuro lejano y narrarle aquel particular día a mi futura esposa que aún no he conocido.
Pensé en algún nieto con menos terquedad y más afín a la paciencia que yo. En alguna nieta a la que le pueda hacer la misma promesa que me hizo mi Biyis en diciembre del 23:
Algún día viajarás más que yo.
Pd. — picar para leer
Escribí esa postal sin saber que ese mismo día la iba a perder en un tren de camino a Roma. Quizás se perdió en algún recoveco del asiento, o quizás ya forma parte del azul del Adriático. El caso es que no la volví a ver después de aquellos días de silencio en Croacia.
Pero la vida me obsequió el mejor pretexto para visitar a mi abuela. Hoy encontré una postal en medio de un libro que empaqué después de aquellos meses en Europa. La fecha es de mi siguiente viaje. Roma.
Hoy no se la tengo que enviar. Se la puedo llevar en persona.
19 de mayo, 2026.
— Sebastián S.
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