Amsterdam, 2024.


Dicen que los holandeses son muy codos con su dinero. La verdad es algo que escuché en tono de burla hasta unos meses después de mi visita por la ciudad.

Pero ya pensándolo bien, me hace mucho sentido.

Llegué a Amsterdam el 27 de diciembre de 2024.

Hacía mucho frío y me imagino que me veía como el turista más inexperimentado del mundo. Había empacado mi vida entera en dos maletas y no sabía ni dónde estaba la puerta de salida del aeropuerto holandés.

Después de perderme un poco, logré tomar un tren a la estación central de la capital del tulipán y la droga.

Día 1

Me da mucha pena decir esto, pero jamás me había subido al transporte público.

Al subirme al tram que me dejaría a dos cuadras del Airbnb no supe cómo bajar. En mi defensa, era 27 de diciembre, estaba solo, oscuro y no veía los botones del tram.

En mi mente solo estaban las ganas contenidas de gritar "¡BAAAAJAN!"

Después de hacer el ridículo, pude bajarme dos estaciones después porque una amable señora se subió al tram y afortunadamente bajó pronto. Me pegué a ella pretendiendo que sabía exactamente lo que hacía.

Ya no era una cuadra, ya eran seis las que debía caminar. Ni loco me iba a subir de nuevo a un tram. Con dos maletas — de las cuales una llanta decidió que era buen momento para dejar de funcionar — caminé hasta mi destino. Fueron los 30 minutos más lentos de la historia.

Llegué al Airbnb y acepté mi primera derrota contra el sistema público holandés.

Una vieja holandesa me recibió sin mucha emoción ni simpatía. Europa I guess.

Al subir las escaleras más empinadas de la historia y dejar mis maletas, salí a caminar por Amsterdam en búsqueda de una cerveza.

Caminé demasiado por no querer subirme a un tram — incluso después de haber pagado el ticket de 36 horas ilimitadas. Llegué a un bar por recomendación de una amiga holandesa y me tomé mi primera cerveza en Europa.

De regreso me volví a perder.

En mi primer día el marcador iba AMS 2 — YO 0.

Día 2

Quería ir a Zaanse Schans a ver tulipanes. Mi ticket incluía trenes y decidí alejarme de la ciudad para ver el refugio de Claude Monet durante una de las tantas guerras europeas. Monet decía que en esa pequeña ciudad —Zandam— había suficientes paisajes para pintar toda una vida.

No pensé en traer pila portátil.

Claramente, me quedé sin pila de regreso. Vi un aproximado de cero tulipanes. Me perdí durante tres horas. Conocí todas las estaciones de tren.

Todo mal.

Mi teoría es que recorrí todas las estaciones hasta llegar a la misma de la que salí, porque esa fue la única que reconocí y fue donde bajé.

Después de perderme, cené en un lugar que me recomendó una amiga holandesa. Caminé al lado del museo Heineken. Y hasta ese momento me iba a reportar con mi familia para avisar que seguía vivo.

Nadie me había mandado mensaje.

El cansancio pudo conmigo y decidí tomar un tram, hicimos las pases y por primera vez en Europa me baje en la estación correcta.

AMS 3 — YO 1.

Día 3

Decidí salir a correr con un running club que vi anunciado en redes sociales. El plan era perfecto, salíamos del Vondelpark a las 8 am. Eran 5km y después iríamos a una cafetería. Finalmente un plan que saldría bien.

Me levanté, me puse mis tenis y salí del departamento. Me sentía confiado, al final de cuentas acababa de correr mi primer maratón ¿que podía salir mal?

Al llegar al parque con 10 minutos de anticipación me imagine que era normal que nadie hubiera llegado. Digo, no era México para que lleguen tarde, seguro llegarían temprano.

Pasaron 5 minutos, luego 10, luego 15.

No llegó nadie

Sin embargo, a la distancia vi a un grupo con playeras del club y decidí correr con ellos.

Eran los pro del grupo — preparándose para su sexto maratón. Era domingo, estábamos a seis grados y yo, confiado de haber corrido un maratón, me uní. Total, me podía separar si me sentía cansado en algún momento. Además ya conocía la ciudad y sus estaciones.

En algún momento salimos de la ciudad. Por ir hablando con el grupo no me fijé lo lejos que estábamos.

No les pude seguir el ritmo. Me separé en el kilómetro 20. Hasta el 23 vi algo cercano a Amsterdam.

Sin pila, sin desayunar, deshidratado pero finalmente dentro de la ciudad.

Hice el walk of shame hasta un lugar donde compré dos panes. No volví a saber del running club hasta que me agregaron en Strava. De vez en cuando recibo uno que otro kudos de mis amigos holandeses.

Llegué al departamento helado — la ropa se congela cuando sudas, cosa que tampoco sabía.Quise calentar la pizza que había comprado un día antes en el horno de la casa.

La dueña —que me había pedido el día anterior que no prendiera la calefacción al máximo porque gastaba mucha electricidad—me dijo que no era posible. No quería gastar.

Dejé mi pizza congelada sobre el calentador al máximo. Me metí a bañar.

La pizza no se calentó, si acaso se calentó la caja.

Me senté a mitad de la cama, con una rebanada de pizza helada en la mano, titiritando.

Amsterdam ganó por paliza.

No fue la Europa que me prometieron.


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