Ciudad De México, 2024.


Pequeño viaje a la capital de mi país.

Tenía años sin visitar la Ciudad de México como turista. Todos mis acercamientos previos habían sido como estudiante-atleta y, por primera vez, viajé solo a conocer los museos, castillos y las jacarandas del Valle de México.

Mi excusa para visitar la antigua Tenochtitlán era recoger mi visa de estudiante y evitar ser sacado a patadas del espacio Schengen durante mi próxima estancia de seis meses en Suecia.

No tardé más de veinte minutos en cumplir con mi pretexto, así que el resto del fin de semana estuve libre para caminar y conocer la ciudad con otros ojos.

Uno de mis mejores amigos me recibió en su casa, discutimos sobre libros, fútbol americano y otras inquietudes que nos apañaban. Recordamos cuando jugamos juntos en Liga Mayor, mi temporada de novato y lo perdido que estaba. Nos reímos sobre lo absurdo que es todo y nos sorprendimos de lo rápido que el tiempo ha pasado.

El viernes en punto de las nueve de la mañana tomamos el nuevo tren desde Toluca a Santa Fe. Puedo decir con seguridad que está mejor que algunos trenes de Europa. Partí de ahí para saludar a mi mejor amiga a la que hacía años que no veía.

Me llevó a algunos rincones en la Condesa y por primera vez pensé que la Ciudad de México no es tan fea como los tapatíos decimos.

Caminando por Reforma no dejaba de pensar en Carlota y su tragedia. Construir una avenida completa para ver llegar a un archiduque que jamás la correspondió podría parecer una locura… hasta que te enamoras.

El viaje terminó en un restaurante junto al museo Soumaya, donde conocí a mi tocayo y futuro roomie del país nórdico al que llamaría hogar durante seis meses.

Compartimos el desayuno y nos reímos por todas las extrañas coincidencias que rodeaban a nuestras personas. Teníamos tantos amigos en común, partidos en contra y conocidos compartidos, que era extraño no haber cruzado caminos hasta ese momento.

Mucho tiempo después, cuando nos despedimos y cada quien volvió a su vida en México, me dijo que conocernos había estado escrito en las estrellas desde antes.

Es un bonito cliché.
Y hasta el día de hoy, lo recuerdo con muchísimo cariño.


Anterior
Anterior

Amsterdam, 2024.

Siguiente
Siguiente

Mi primer maratón, 2024.