Ciudad Del Vaticano, 2025.
Mientras viajaba por Italia, especialmente por Roma, leí dos libros: Rubicón, de Tom Holland, y Phosphorescence, de Julia Baird.
El primero fue para educarme sobre la ciudad que estaba caminando. El segundo fue para mi alma.
Recuerdo entrar a la Basílica de San Pedro y sentir algo que no sabía poner en palabras en aquel entonces. Incluso al día de hoy me sigue costando trabajo encapsularlo.
El awe, según el libro Atlas of the Heart, significa sentir asombro causado por algo casi incomprensible. Es una mezcla de reverencia, admiración y pertenencia frente al arte, la fe, el amor, lo mágico o lo místico.
Y eso fue exactamente lo que sentí al cruzar las puertas de la Basílica.
Recuerdo sentir el frío del mármol, ver el oro en las paredes y no poder dimensionar lo que estaba viendo. Los techos, el arte, la magnitud del lugar y saber que miles de generaciones han pisado este planeta dejando atrás sus vestigios me hicieron sentir uno con el mundo.
Más de un año después de conocer el país más pequeño del mundo, sigo sintiendo emoción por volver.
Recorrí casi en su totalidad los Museos Vaticanos, aunque ni en tres vidas podría ver todo lo que se esconde dentro de esas paredes. Recuerdo el cansancio de tantas horas caminadas con solo una focaccia en el estómago y un vino barato como hidratación.
Recuerdo detenerme frente a ciertas obras de arte y entender lo que me decía aquel libro. Recuerdo voltear por primera vez a mi lado y querer haberlo compartido con alguien.
Dentro de la Basílica me confesé por primera vez en mi vida con un padre que hablaba un español golpeado. Tartamudeé que era mi primera vez dentro de un confesionario y sus palabras me calentaron el corazón.
Fue, y sigue siendo, una de las experiencias más bellas que he tenido en mi vida.
Al día de hoy, Italia sigue siendo mi lugar favorito de Europa.