¿Qué día es hoy?


Hoy hace un año decidí dejar el alcohol.

Recuerdo abrir los ojos y ver la luz corriendo por mi ventana, la cabeza me dolía, tenía la boca seca y tantas, pero tantas ganas de vomitar.

Me di la vuelta, me senté y vi dos sueros al lado de mi cama —obra de mi hermano— pensé.

Todavía tenía mi traje puesto, estaba desfajado y me faltaba un zapato. Mi saco estaba en el suelo y mi dignidad estaba cerca del piso.

¿Cómo llegué a mi cuarto? No lo recuerdo.

Abrí la pequeña botella de plástico que mi hermano dejó y el simple olor a mora azul me provocó mi primera ida al baño.

Ahí, mientras vomitaba, me llegaron mis primeros recuerdos. El baile. La cena. La tristeza.

Me mojé la cara y no podía ni verme al espejo. Bajé las escaleras de mi cuarto con una sensación de pena, pero no sabía muy bien por qué.

Cuando conecté mi teléfono sin pila, los recuerdos empezaron a bombardear mi mente. El alcohol. Saber exactamente cuándo debí dejar de tomar. Mi hermano sacándome casi cargando. La noche, el frío y el aire pegándome en la cara mientras recibía un sermón.

—¿Entonces nos vemos a las dos?

—Me siento de la chingada , no voy a ir.

—¿Por?

—Tomé de más, llévate a alguien más al tenis.

—¿De plano?

No contesté, mis náuseas me arruinaron el día completo.

Así pasé mi 14 de septiembre de 2025. Mi primer día sin alcohol.


Tiene mucho poder sobre mi…

¿Me podría traer una cerveza? …Corona, por favor.

—A mí una michelada…

—¿Para usted, joven?

—No, yo…. yo un agua mineral… por favor. —Dije sin tanta seguridad.

No sabía muy bien lo que estaba haciendo, solo necesitaba un detox. Por primera vez en mi vida estaba cuestionando mi relación con el alcohol.

Mi mano temblaba cuando vi las cervezas llegar. Era casi un hábito tomar con mis amigos los fines de semana.

¿De verdad el alcohol había tenido ese poder en mi vida?

—Wey, lo voy a dejar, sigo sin acordarme de la boda…

—¿Es neta?

—Ya hasta le hablé a mis amigos, pero no logro acordarme de qué hice.

—¿Y ya le mandaste mensaje? Chance ella sabe qué onda…

—No, aún no… Pero ya me volteó la cara dos veces.

—¿Y qué? Ya es para siempre, ¿o qué onda?

—No, pues no sé, al menos un mes.


Tomé mi pluma, y leí lo que escribí:

Ya van tres meses sin alcohol: no siento ninguna diferencia.

Y era real.

Para este punto, mis amigos no estaban del todo acostumbrados a mi decisión, pero me apoyaban. Fuera de que el dinero me duraba más, no notaba ningún cambio drástico. No dormía mejor, no me sentía mejor… Si acaso me sentía: aburrido, muy aburrido.

No disfrutaba salir sin alcohol. Mis planes se acababan antes, pues el sueño me vencía. Salir de bar en bar era tedioso. Honestamente, fuera de la mejora en mi rendimiento cuando entrenaba, estaba como si nada.

Aun así decidí seguir con mi plan. Seis meses sin alcohol.


Veintitrés

—¿Qué haces, cabrón?

—No, nada… ¿ya viste el mar? Se ve bien oscuro, ¿no?

—Igual hoy sale un atún…

Agarramos la hielera, un poco de comida, el bloqueador y salimos rumbo al bote.

—Van a ser dos atunes y un pez vela, vas a ver…

—No wey, eso es poquito, van a ser dos peces vela y chance hasta cuatro atunes. Es imposible no sacar nada en el mar…

Me dolía la panza por reír cuando se bajaron a comprar lo que faltaba.

—¿Una chela para el cumpleañero? —me preguntaron con una sonrisa en la cara.

—No wey, gracias. Ya que saquemos los atunes vemos si me echo una.

Emilio se mareó, Juan Miguel sacó un jurel y Braulio nos tomó algunas fotos.

Miguel se quedó viendo a la nada y mi tocayo se durmió cuando vio que no sacábamos más que algas.

La hielera estaba llena y mi cerveza seguía ahí.

No pescamos nada ese día… quizás hasta fue una señal.

Pero eso no me importaba… fue la primera vez que no extrañé el alcohol.

Hacía apenas unos días había cumplido cinco meses sin alcohol. Era mi cumpleaños número veintitrés.

El viento soplaba, el sol me quemaba la cara y mientras veía a mis amigos reír, me di cuenta que seguíamos haciendo lo mismo de siempre. Las risas, las bromas, todo seguía pasando exactamente igual.

Solo no había alcanzado a verlo.

La sobriedad era eso: estar presente de una manera diferente. La vida iba más lento… el aburrimiento se convertía en parte fundamental de la travesía. Y todo era como debía ser.


Hoy cumplí seis meses…

Me levanté temprano en domingo, incluso habiendo salido la noche anterior.

Cuando salía de mi casa el sol apenas nacía, la primavera apenas empezaba y las flores de mi jardín comenzaban a nacer. No había resaca ni una tarjeta con gastos que la noche anterior me parecían necesarios hacer.

—¿Y no te aburres? —me dijo mientras llegábamos a la segunda cascada.

—Está raro, no diría que es aburrimiento… Más bien, hay menos picos. No es como que sienta éxtasis, pero tampoco hay caídas tan feas, ¿sabes?

—¿Y qué, ya no sales?

—Ayer salí, nomás me regresé un poquito antes.

La plática jamás giró en torno a ese pequeño nuevo cambio de mi vida, era más un tema que se colaba entre ideas y recuerdos. Era una curiosidad que algunas personas encontraban interesante y otros descartaban al instante.

Para cuando llegamos a mi cascada favorita ya llevábamos horas caminando.

La brisa del agua helada me pegaba en la cara mientras veía el agua turquesa caer. Todo este tiempo había visto el agua seguir su camino cuesta abajo.

Fluía y fluía el agua… esquivaba piedras, presas, troncos y obstáculos. Se había torcido, dado vueltas y estancado. Pero cuando por fin encontró un recoveco, se convirtió en litros y litros de agua cayendo.

—Oye, y ¿ya sabes si lo dejas para siempre?

—No, ni idea…

No sé cómo es más abajo de aquella cascada. Nunca he caminado para allá.

Quizás algún día me anime.

Pero me gusta esa versión: las piedras y el verde de las plantas, la caída y el plas, plas incesante del agua.

Si más adelante es un río, una cascada o simplemente deja de existir, no es tan importante.

De regreso, viendo el agua, entre piedras y un muro llorón, me di cuenta de que hace unos días había cumplido mi promesa: seis meses sin alcohol.

De mis preocupaciones, ninguna se había cumplido. No me dejaron de invitar a salir. Mi círculo social se acostumbró. Jamás me sentí excluido… Todo siguió su camino. Tal como debía ser.

—¿Ni en tu graduación?


¿Y ahora?

Los seis meses se convirtieron en ocho, luego diez y, lentamente, con las estaciones pasando, una versión mía fue desapareciendo.

El tiempo poco a poco me dio la razón.

No extraño a mi yo con alcohol en su sistema. Tampoco voy a mentir: era más soberbio, más pedante. Me causé a mí mismo penas innecesarias y en ocasiones también lastimé a personas. Esa versión mía sigue existiendo dentro de mí. Y no la extraño.

Hoy, me gusta levantarme y no checar mi celular con pena por lo que pudo haber pasado ayer. Disfruto mucho mis fines de semana, el ejercicio, la naturaleza, o el simple hecho de tirarme a descansar y no necesariamente por una resaca.

Aunque es raro, porque a veces todavía extraño el vino y la cerveza. Extraño brindar con mis amigos y desinhibirme un rato. Incluso, extraño ir a bares en busca de nuevas cervezas.

Esa ambivalencia es normal y ambos sentimientos pueden coexistir.

Mi rigidez muchas veces me ha hecho pensar que todo debe ser blanco o negro, pero nada en la vida funciona así.

Honestamente, la decisión de tomar o no hacerlo es tan solo una de las miles de decisiones que tomamos día con día. No te vuelves mejor persona por tomar o no hacerlo. La vida es como un baile y cada quien decide cómo lo disfruta más.

Para cuando escribo esto, todavía me faltan trece días para cumplir un año sin alcohol. Y realmente no estoy seguro de qué es lo que va a pasar después.

Podría mentir y decir que estoy convencido de dejar el alcohol para siempre, pero no es así.

Me encantaría decir que hay una lección, que mi vida cambió para siempre o que el alcohol es malo. Aunque, en realidad, ninguna de ellas es cierta.

No creo que alguien sea lo suficientemente viejo para dar consejos. Tampoco diría que renací el día que dejé de tomar. Sencillamente, hasta el día de hoy me ha funcionado no tomar.

No es que odie el alcohol.

Simplemente, en este momento, no lo quiero en mi vida.

¿Y qué hay más abajo? ¿Adónde corre el río?

No lo sé.

Quizás algún día me anime a averiguarlo.

Pero por ahora, me gusta esta versión.

Y empezaré mi día 351 sin alcohol.


Abrazo,

-Sebastián S

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Espero no tener que volverte a escribir…