Recomendar un libro.
Hay pocas cosas tan íntimas como recomendar un libro.
Hace unos días empecé a leer un libro que jamás me perteneció. Llegó en realidad, como una casualidad a mis manos.
Durante más de dos décadas estuvo acumulando polvo en una de las estanterías de mi casa. Pasó por la pluma de mi tía abuela, el divorcio de mis padres, más mudanzas de las que logro recordar, y finalmente adquirió personalidad con las lágrimas derramadas de mi madre.
Entre las páginas encontré un recibo de una gasolinera que sabrá Dios a quin le perteneció y una credencial de mi hermano mayor cuando seguía siendo un chamaco. Vestigios del pasado que se quedaron atrapados entre las páginas de un libro que fue impreso en Chile y adquirido en México.
Incluso antes de abrirlo, ya sentía una especie de intimidad con el libro. Era como si su historia ya la conociera, como si hubiera estado añejándose para que en el momento justo lo leyera y me hiciera pensar en escribir al respecto.
La idea de que algo escrito por otras personas, pueda ser interpretado de tantas diferentes maneras, que simples letras generen risas, tristeza o enojo siempre me ha cautivado. No es mentira decir que los libros me apasionan y que el arte no solo transforma sino que también sana.
Me tardé mucho en empezar este libro y solo unos días en finalizarlo. Cuando cerré la última hoja, quería correr y abrazar a mi madre. Pensé en ella, pensando en mí, creyendo que ese libro contenía algo que yo necesitaba escuchar. Alguna lección. Algún consejo. Alguna palabra de inspiración.
Son pocas las ocasiones en las que he encontrado un sentimiento igual. Que alguien piense en ti mientras lee, que te mantenga en sus pensamientos cuando algo le llama la atención o que crea que quizás unirme a los miles de lectores conectados por oraciones, palabras, lugares e idiomas es algo que podría cambiarme, mejorarme o incluso transformarme me calienta el corazón y me hace sonreír de principio a fin.
Recomendar un libro, al día de hoy, me parece una de las formas más profundas e íntimas de decir: te quiero.
Muchas veces he leído libros que pasaron por las manos de otras personas. Rayonados, arrugados, amarillentos y con ese olor que me atrapa.
Aún recuerdo cuando un amigo ofreció comprarme un libro nuevo porque el que le había dejado a su cuidado se manchó con pequeños círculos azules de una fruta que reventó mientras reía. Ingenuo. No se dio cuenta de que ahora el libro valía más.
No es crimen ni sacrilegio destrozar, arrugar, doblar o manchar las hojas de papel. Contrario al consejo de mi abuela —cuyas palabras resuenan en mi cabeza cada que tomo la pluma— los libros están para ser usados.
Quizás en unos años, cuando mis hijos encuentren mis libros en la estantería y me pidan explicaciones sobre las manchas o los garabatos que hay en los márgenes, me cueste explicar cada arruga y fractura. Con un poco de iluminación o talentos naturales caerán en cuenta que mis libros están marcados por la historia de personas que amo.
Cierto será, no conocerán la historia de cada pluma que explotó, cada palabra que se quedó en el tintero, ni cada mancha de fruta en los bordes de una página. Pero eventualmente entenderán que cada libro cuenta su propia historia y que yo también dejé, para ellos, vestigios del pasado esperando ser reencontrados.
Algún día, quizá, les cuente la historia del libro que me recomendó mi madre. Y cómo cada uno de mis libros fue pensado, desde el inicio, para alguien más.
-Sebastián S.