Iztaccíhuatl, 2026.


—No te preocupes wey, si vamos a llegar

—Sale a las 3:30, no a las 4:00

—¿Es neta? —Bueno a ver deja le piso… Ni modo que nos deje el camión.

En efecto, el camión con destino a Toluca nos dejó a Ethan y a mi. En Toluca nos recogería el Chino, fiel acompañante de aventuras y mi veterano en mis primeras temporadas de fútbol americano universitario.

El plan de subir la segunda montaña escalable más alta de México nació en parte en la última temporada que Ethan y yo fuimos compañeros de equipo, en parte en un chat que actualmente usamos para darle seguimiento a nuestro club de lectura. No recuerdo bien el motivo de la aventura, pero el plan ya estaba hecho: a finales de marzo, subiríamos a la mujer dormida. Estaba prohibido rajarse, una vez más era cumbre o muerte.

—Pues a ver, tenemos que resolverlo.

—Nos vamos en el siguiente camión ¿no?

—¿Aunque sea a las 11 de la noche?

—Si pues si

El camión tenía ese olor a polvo mezclado con descuido. El aire soplaba frío y entre la oscuridad de la noche y la lluvia de la carretera, mi única compañía era mi libro debajo del brazo, pues a Ethan lo sentaron en un lugar lejano a mi. Los respaldos del asiento no se podían mover mucho, y los ojos cansados de Ethan se negaban al sueño. En cambio yo, sabía que el cansancio es el mejor colchón para el sueño. Cerré los ojos y me dormí.

—¿Qué pasó? ¿Ya llegamos? —dije exaltado, con una lagaña en el ojo

—Apenas vamos en Michoacán, pero bájate. Se descompuso el camión y ya llegó otro por nosotros. Llevamos como tres horas parados.

Mi cuerpo apenas y reaccionó. Siguiendo ciegamente a mi amigo, subí al segundo camión del día. Estaba cansado. —Quizás si era más barato el avión—le decía a Ethan que solo se limitaba a sonreír ocultando su obvio cansancio-

La siguiente vez que abrimos los ojos ya estábamos a 2,660 metros sobre el nivel del mar. Ahora si empezaba el verdadero viaje a la cumbre del Iztaccíhuatl.

—Que feo es Toluca, Chino

—Eres un ardilla, no hables mal de Ciudad croqueta

El sol nos pegaba en la cara camino al Valle de México, y yo sonreía solo de pensar que los tres estábamos juntos otra vez, como hace un par de años. Mi madre, mientras tanto, calificaba cada percance como mal augurio.

No lo era. Era, simplemente, el camino.

—Hace muchísimo frío, cabrón

—Ya pasamos lo más difícil —Le decía a Ethan que ya estaba con mal de montaña y a punto de tirar la toalla—Nomás subimos la rodilla y ya.


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Washington State, 2026.