Orlando, 2025.


Cuando tenía cerca de quince años, Poncho llegó a mi vida. Esta vez, para quedarse.

Hasta ese momento, las únicas constantes en mi vida habían sido mi mamá, mis hermanos, mi papá y yo.

Poncho es una persona alta, de nariz afilada y sonrisa cálida. Es mi padrastro. Aunque hay letras que sobran en esa palabra.

Recuerdo que fue en un restaurante poco glamuroso donde Poncho nos dijo que se casaría con mi mamá. Recuerdo emocionarme por ellos. También recuerdo decirle que tenía todo mi apoyo, aunque no creo que en ese entonces entendiera lo que una decisión así implicaba.

Hasta ese momento, nunca había conocido un matrimonio tan de cerca. No dimensionaba los cambios que venían y siendo sinceros,. en ese momento lo que más me preocupaba cómo iba a amueblar mi nuevo cuarto.

Y así, unos meses después de aquella plática, un sábado 9 de agosto, mi mamá y Poncho se casaron.

Se conocieron cuando ambos iban en la primaria. Estuvieron juntos cuando yo tenía ocho años, pero mis recuerdos de esa época son escurridizos. Honestamente, se habrían dispersado por completo si no fuera por una fotografía que me regaló y algunas conversaciones que mantuvimos.

Yo estaba más enfocado en ser niño. No tenía mucho tiempo para entender la vida de los adultos.

Ha pasado mucho tiempo desde la boda. En medio de todo, ha habido más bodas. Nuevos integrantes llegaron. Algunos que se quedaron y otros que hubo que cortar de las fotos de Navidad. Ha pasado de todo: risas, enojos, tristezas, viajes y todo lo que hace que una seamos una familia.

Poncho me ha acompañado desde entonces. A partidos, a funerales, graduaciones, borracheras y viajes. Definitivamente, ha hecho más por mí de lo que yo he hecho por él. Hasta la fecha, me pregunto si yo habría sido capaz de recibir a tres extraños y a sus mascotas en mi casa. Quizás no. Pero quizás, tampoco he conocido un amor así en mi vida.

Orlando, 2025, fue un viaje con mi familia. Mi familia Pöhls.


Después de una temporada difícil, un corazón roto y comer banca por irme de intercambio a Suecia, viajé a Orlando con (casi) toda mi familia. Éramos diecinueve personas en una casa.

Llegué con una maleta llena de ropa añorando a mi familia después de perder en cuartos de final. Los viajes en solitario de ese año me habían enseñado a disfrutar mi propia compañía, pero es imposible encontrar un sentimiento mejor que el abrazo de quienes amo.

Tomé un avión y, sin dejar maleta, llegué a "El lugar más feliz de la Tierra". Ahí estaba Poncho y toda mi familia esperándome.

Mientras comía una pata de pavo sentí que por fin, el semestre había terminado. Sentado en una banca en medio de un desfile, que niños y adultos con orejas de plástico veían por igual, se quedaron los malos ratos y recuerdos pesados de la segunda mitad de 2025.

Cuando sentía que mi mundo se acababa, un abrazo de mi familia me recordó lo bendecido que soy.

Recuerdo levantarme en mi cuarto de Harry Potter para después jugar con mis primas más chicas mientras la familia se alistaba para salir. En la camioneta, mi hermano mayor se empeñaba en molestarme por cargar mi libro a todas partes y su esposa reía junto a mi madre. Poncho, como siempre, iba al frente y se encargaba de que llegáramos bien.

En la mayoría de los parques la familia se separaba para encontrarse después. Costumbre práctica por las diferencias de edad. Yo, cansado de viajar solo, como chicle me pegué a Poncho y a mi madre. Las tardes de una comida y los viajes de estudi-hambre se habían esfumado. En cambio, estaba Poncho comprando donas y hamburguesas para consentirme, y abrazos cada que los necesitara.

Después de días largos bajo el sol, encontrábamos refugio en restaurantes donde diecinueve risas sonaban al unísono. Por la tarde, gritos en montañas rusas y los pies hinchados; por la noche, recontar la misma historia que sucedió hace unas horas y llenarnos la panza de comida y amor.

Así transcurrió Orlando, 2025.

Soy afortunado de poder decir que tengo dos papás, cuatro familias, hermanos menores y mayores. No es algo común tener tanta familia. Y mucho menos lo es sentirse tan amado por cada integrante que forma parte de ella.


Abrazo,

-Sebastián Solórzano Pöhls Orozco García.

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