Siempre he sido amante de las flores…


Veintitrés

Hace unos días cumplí 23 años.

A veces digo que mi vida apenas empieza.
Y otras veces siento que ya debería tener más claro quién soy.

Unos días sé.
Otros días solo soy.

Para quienes llevan más tiempo en la tierra, apenas nací.
En el fútbol americano colegial ya soy un “viejo”.
Financieramente no existo.
Y ante mis propios ojos… sigo sin saber con certeza quién soy ni por qué estoy aquí.

Siempre he hablado de propósito.
De significado.
De dejar el mundo mejor que como lo encontré.

Suena bien decirlo. Pero no sé si siempre lo siento.

Hay días en los que creo profundamente que nuestras acciones importan.
Y otros en los que creo que necesito creerlo para no sentir que todo es accidental.

Cumplir veintitrés no me trajo claridad, me trajo más preguntas.

A veces extraño tener ocho y no analizar tanto.

Otros días extraño versiones y personas que ya no están.

Cuando digo que aborrezco el nihilismo o la falta de significado, quizá lo que realmente siento es miedo.

Miedo a que nada tenga un significado.
A que solo estemos de paso.

Es raro.

He sido soberbio más veces de las que me gusta admitir.
He disfrutado tener razón.
He herido por orgullo.
Y después lo he justificado.

Pero también he sido disciplinado. Leal. Valiente.

Hay días en los que hablo de estándares altos y luego negocio conmigo mismo en silencio.
Días en los que predico enfoque y me distraigo.
Días en los que me siento fuerte… y otros en los que todo se siente frágil.

He sido muchas cosas, muchas veces. Pero jamás una sola cosa una vez.

Tal vez no quiero definirme porque si me defino, también me limito.
Y tal vez me gusta demasiado la idea de potencial.

Digo que me emociona el futuro.
Y sí. Me emociona.

Pero también me asusta dejar de ser el que soy aquí.

Aquí soy atleta.
Soy amigo cercano.
Soy hijo presente.
Soy promesa.

¿Quién voy a ser cuando el contexto cambie?

Quizá seré esa mezcla.


¿Quién dice que no soy el Sebastián de 8 años jugando a ser bombero?

¿Por qué no puedo ser universitario, atleta y contradicción al mismo tiempo?

Quizá soy escritor.
Quizá deportista.

Quizás no se quién soy todavía.

No soy solo mis errores.
No soy solo mis victorias.
No soy solo mi ambición ni mis dudas.

Soy alguien en construcción.
Soy ese color gris que existe entre mis virtudes y defectos.

Soy un humano más aprendiendo a morir.


Siempre he sido fan de las flores…

Siempre he sido fan de las flores.

No por romántico.
Por costumbre.

Lo aprendí de mi abuela, la he visto plantar semillas que no sabe si cosechará.

Le gusta regar tierra que todavía no promete nada. Le gusta quejarse de aquel árbol que es feo y de esa flor que es muy pequeña.

En 2022 planté una flor que tardó semanas en aparecer. Estaba olvidada en un recoveco del vivero.

Cuando finalmente salió, la miraba como si hubiera descubierto algo irrepetible. Era pequeña. Imperfecta. Era mía.

Pasaba minutos —a veces horas— viéndola. La regaba con cuidado, como si eso pudiera garantizar que se quedara.
Como si no pudiera morir en el frío de enero.

Luego me fui seis meses.


MI vida cambió, la vida siguió y cuando regresé, el jardín estaba distinto.
La tierra seca.
Las macetas vacías.
La flor no estaba.

No sé cuándo murió.

La busqué igual. Como si insistir bastara para traerla de vuelta.

Hubo días en que la extrañé más de lo que admitiría en voz alta.
Por momentos pensé que algo se había perdido para siempre.

Aun así,
Volví a sembrar.
Volví a esperar.

El jardín no regresó a lo que era.
Tampoco tenía que hacerlo.

Ahora es distinto.
Nuevas texturas. Nuevos olores. Otros colores.

Y algunas tardes, mientras riego las plantas que llegaron después, todavía recuerdo aquella primera flor.

No exactamente con tristeza.

Pero tampoco del todo sin ella.


Tal vez..

Tal vez no quiero cambiar tanto como digo.
Tal vez me gusta la versión de mí que está por terminar.
Tal vez tengo miedo de no ser especial.

Tal vez estoy esperando a que la vida me pase por encima para luego llamarlo destino.

O tragedia.

O aprendizaje.

Tal vez no.

A veces me pregunto qué pasó con los días que trabajé en silencio.
Con las decisiones difíciles que sí tomé.
Con los aciertos que parecían pequeños pero no lo eran.

No desaparecieron.

Pero cuando dudo, es como si no contaran.

Como si necesitara una reconocimiento para sentir que valgo.

Y, sin embargo, ahí están.
Los días.
El esfuerzo.
Las decisiones.

Ahí están.
Aunque a veces dude.


A 23 de febrero de 2026.

-Sebastián S.

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